martes, 13 de febrero de 2018

EL TRABAJO NOS DOMINA (y nos dejamos)


A colación de la última entrada publicada en el blog, hace unos días conocía un par de noticias que reforzaban mi sensación de sentirme totalmente fuera de juego con la sociedad a la que pertenezco.

Por un lado, me enteraba de una noticia que hacía referencia al aumento imparable de mujeres que en los últimos tiempos deciden congelar óvulos a la espera de encontrar un buen momento para ser madres. Esta situación se daba mayoritariamente en mujeres que se situaban alrededor de los 35 años y se calculaba que la intención era ser madre sobrepasados ampliamente los cuarenta. El motivo fundamental de la decisión era por cuestiones laborales. Incluso se mencionaba que grandes multinacionales habían empezado a financiar este “tratamiento” para sus empleadas. Las mujeres que aportaban sus testimonios para complementar la noticia decían que no podían permitirse el lujo de ser madres cuando sus carreras profesionales estaban despegando porque corrían el riesgo de perder todo lo conseguido tras años de estudios y esfuerzos.
 
La otra noticia correspondía a un estudio realizado en el que la principal conclusión que se establecía era que las personas con trabajos precarios e inestables, sufrían más situaciones de inestabilidad emocional y problemas de salud mental incluso que las personas sin empleo (incluidos parados de larga duración) Se destacaba el hecho de que esta era una tendencia que había surgido en los últimos años y que se mostraba en alza. Se concluía que la incertidumbre vital que provocaba la situación de precariedad era mucho mayor que la de aquellos que tienen la certeza de que su situación no va a cambiar y ya se saben en el fondo del pozo social.
 
Estas dos noticias y tantas otras relacionadas, orbitan alrededor de una cuestión que se ha convertido en vital en la historia de las sociedades contemporáneas: el trabajo asalariado. El paso por el mercado de trabajo es prácticamente la única formula legal que el sistema actual ofrece a la mayoría de la población para acceder a un mínimo pedacito de riqueza. Y necesitamos tanto ese pedacito para poder consumir y cubrir nuestras necesidades (que por supuesto están todas monetarizadas) y somos tan asquerosamente devotos de la legalidad, que aceptamos esta lógica sin rechistar.
Liberarnos del peso que significa tener que ocupar nuestra energía y nuestro tiempo en conseguir y mantener, cueste lo que cueste, un trabajo nos impide ver e ir más allá. El trabajo domina de tal manera nuestras vidas que acaba por absorber nuestra esencia misma y acabamos definiéndonos como personas en función del trabajo que desempeñamos (basta hacer un pequeño experimento, preguntad a varias personas cómo se definen, qué son y te contestarán diciéndote de qué trabajan). Ésta es una de las mayores locuras colectivas de las que participamos, vivimos nuestra vida en función del trabajo. Tomamos nuestras decisiones basándonos en lo mejor para nuestra vida laboral. Nuestra vida emocional se ve influida de forma apabullante por la cuestión del salario y todo lo que conlleva.
Iniciar la vía para romper el mito que une trabajo asalariado y acceso a la riqueza (es más, romper la sinonimia entre riqueza y dinero) es fundamental para poder liberar gran parte de ese potencial mal utilizado y que podríamos usar para tratar de acercarnos más a lo que deseamos que sea la vida y nuestra forma de pasar por ella.

Imprimir

sábado, 3 de febrero de 2018

¿DESUBICADOS? YO, AL MENOS, SÍ


Así me siento. También perplejo ante mi incapacidad de entender lo que me rodea. La propia marcha de lo cotidiano se me escapa. No comprendo nada y, cada vez menos, a nadie.

Habitamos varios mundos en paralelo. Cada día vivimos varias vidas que las consideramos como nuestras y ya no estoy seguro siquiera de que alguna de todas sea verdadera.

Compartimentos estancos. El trabajo, la familia, las amistades, militancias varias… Somos personas diferentes en cada situación. Parece como si existiera una desconexión dentro de nosotros en cada ámbito. Lo que sucede en cada compartimento se queda ahí. No parece tener relación alguna con el resto. Nos engañamos pensando que es una buena estrategia, adaptativa. Buscamos entre las teorías de última hora algún término que nos convenza y lo conseguimos. Nos creemos inteligentes emocionalmente, socialmente adaptados, resilientes, empoderados o cualquier otra etiqueta que nos convenga. Lo que sea con tal de no ver la etiqueta que realmente arrastramos con nosotros, somos carne de cañón.

Tal y como vivimos, desconectados unos de otros sin ser capaces de ver las relaciones entre lo que nos sucede y lo que les sucede al resto, estamos destinados a ser como hojas secas. Caídas en el suelo y a merced del viento, moviéndonos al son que nos mandan y en la dirección a la que somos empujados.

Todos los campos de nuestra vida están interconectados. Las vidas de la mayoría están conectadas entre sí. Y no sólo eso, sino que además están atravesadas por decisiones tomadas por gente que nada tiene que ver con nosotros. Y lo peor es que les dejamos hacer y les damos la razón a pesar de que la mayoría de las veces, estas decisiones vayan en contra de nuestros deseos, nuestras aspiraciones e intereses.

Somos como camaleones que tratamos de adaptar el color que más nos conviene para pasar inadvertidos en cada situación, para no diferenciarnos, que no se fijen en nosotros por si acaso. La diferencia puede comportar el estigma y eso nos puede conducir a una vida vivida en los márgenes, haciendo inalcanzable los sabrosos frutos de una existencia consumista. Y al parecer, nadie quiere eso. Todos queremos disfrutar de ese modelo. Queremos experimentar la posesión de los objetos, hasta de las personas como fuente de felicidad.

Me siento desubicado en una sociedad como esta, no la comprendo. Sé que somos muchos así, algunos conscientes de su manera de sentir. Otros, la mayoría, todavía no. Saben que las cosas no son como les gustaría, que su vida no es la que habían soñado tantas veces de pequeños pero no logran identificar la causa de esa desazón, el porqué de esa sensación de vivir permanentemente desubicados, fuera de lugar.



Lo saben y nos ofrecen vías para canalizar esa inquietud, para mostrarnos que estamos equivocados y que no hay de qué preocuparse. Ocio controlado y diseñado para no sentirte fuera, para tener la sensación de pertenencia y de que valen la pena los sinsabores diarios, las penurias cotidianas. Ocio narcotizante que nos mantiene aferrados a una existencia irreal, una existencia que transitamos pero que no vivimos, virtual. Nos deslumbran, nos engatusan y nos hacen creer que eso es lo que debemos hacer. Ahí reside su concepto de felicidad, el que nos tienen reservado. Nos lo creemos y nos entregamos gustosos como autómatas programados para no pensar y no sentir nada fuera de lo predeterminado. Pero no es suficiente, nunca lo es. Puede enmascarar la realidad durante un tiempo pero a la larga sólo hace que aumentar la insatisfacción. Lo cierto es que de esa insatisfacción se nutren para mantener constante el flujo de personas aferradas a esa ilusión de felicidad.



Somos nuestras propias víctimas al aceptar esas vías. Hemos desplazado los puntos de referencia que nos permitían ubicarnos en el mundo de forma natural y los hemos sustituido por otros a los que hemos dado categoría de guías absolutos. El dinero, la acumulación, el consumo, el trabajo asalariado, la apariencia… Todos factores ajenos a nuestra propia naturaleza que han usurpado un lugar que no les corresponde y han engendrado seres desubicados, antinaturales. Con vidas donde prevalecen el egoísmo, el odio al otro, la competitividad, la falsedad…



La necesidad de reencontrar un eje de coordenadas que nos permita ubicarnos de nuevo como lo que realmente somos es acuciante. Seres que nos apoyamos los unos a los otros, solidarios, dispuestos a no dejar caer a ninguno de nuestros semejantes, sin miedo de mostrar nuestra naturaleza, orgullosos de ella.

Yo, al menos, es ahí donde estoy. Tratando de ubicarme de nuevo en un mundo de claroscuros pero con una gran cantidad de potencial dispuesto para iluminarlo y hacer que las vidas valgan la pena ser vividas a cada instante.


miércoles, 3 de enero de 2018

NO QUIERO SER COMO ELLOS


Cambio de año, tiempo de reflexión, de análisis y de nuevos propósitos para mejorar nuestra vida mientras seguimos dando vueltas alrededor del sol y acumulando experiencias y muescas en nuestro cuerpo y nuestra mente. Así es como año tras año se suelen plantear estas fechas.
No tengo lista de buenos propósitos, hace tiempo que dejé de leer cuentos de hadas. Tal vez debería recuperar esa costumbre, seguramente eso me ayudaría a soñar con más nitidez.
Para este año y desde hace tiempo sólo tengo clara una cosa: no quiero ser como ellos. Tengo la convicción de que a partir de ahí llegaré a saber, o al menos me acercaré a la comprensión, de lo que me gustaría que fuera y lo que deseo que sea.
No quiero ser como los que ven el mundo desde la óptica de la posesión y la propiedad. Los que consideran la vida una mercancía más con la que negociar y obtener beneficio, que creen que puede ser prescindible si con ello se consigue un beneficio.
 
No quiero ser como los que anteponen el análisis económico a cualquier decisión que deban tomar. Haciéndolo en función de la rentabilidad. Esos que desconocen o, simplemente obvian, sentimientos y experiencias como la belleza, la solidaridad, la alegría o el dolor.
 
No quiero ser como los que voluntariamente deciden obviar lo perverso y criminal del mundo en que habitamos para disfrutar de su vida material. Los que bloquean deliberadamente sus sentidos para no sentir nada, a excepción del gusto que utilizan para comprobar cómo cada día se alimentan y mantienen su estómago lleno.
No quiero ser como los que callan por miedo a ofender o al qué dirán y luego descargan toda su rabia sobre los que les rodean convirtiendo sus vidas en infiernos. Los que actuando de esta forma reproducen infinitamente el modelo que critican y perpetúan el dolor.
No quiero ser como los que se indignan sentados en el sofá, ante la tele o el ordenador y claman al cielo para que se haga justicia pero son incapaces de ver esa injusticia a su alrededor y de mover un solo dedo para remediarla.
No quiero ser como los que aseguran tener la verdad y critican a todo aquel que intenta actuar para modificar el orden y las circunstancias de lo que no le gusta, pero jamás mueven un dedo ni se arremangan para demostrar al mundo su tan preciada verdad.
No quiero ser como los que viven asumiendo que las cosas son como deben ser y nada se puede hacer para que ocurran de modo diferente. Los seguidores del fatalismo y la resignación, del orden establecido, en definitiva, no quiero ser como los que se conforman con recibir las migajas mientras otros sólo reciben muerte.
No quiero ser como los que a la primera encrucijada recurren a la seguridad de los medios, a las verdades construidas para defender intereses que les son ajenos. Los que jamás cuestionan la versión oficial y creen sin ningún tipo de remordimientos en todo aquello que les dictan al son de la música del poder.
No quiero ser como los que consideran unas muertes más importantes que otras, unas vidas más preciosas que otras. Los que justifican toda las atrocidades del mundo mientras no sean ellos los que las sufren y les permitan mantener una vida artificial repleta de paliativos que enmascaran la infelicidad galopante.
No quiero ser como los que renuncian a sus sueños porque llegó la hora de madurar y asumir que la vida no siempre es como uno desea. Los que se mienten diciéndose que es el momento de convertirse en un buen ciudadano y no asumen la derrota personal que están sufriendo, la claudicación.
No quiero ser como los que se lamentan del tiempo perdido y no ven que siempre hay tiempo. Los que dan por buena cualquier excusa para retrasar indefinidamente la toma del control de su existencia.
No quiero ser como los que dicen vivir una vida estupenda mientras se pudren día a día en sus trabajos, en sus casas, con sus eventos sociales y luego acuden a la red para dejar claro que deberían ser objeto de envidia y de admiración por parte de sus congéneres.
No quiero ser como los que se vanaglorian de ser empleado del mes, ciudadano modelo o esposo ejemplar.
Existen muchos ellos como los que no quiero ser. Pero estoy convencido de que hay muchos más con los que comparto camino y con los que acabaré coincidiendo a lo largo del trayecto. La dificultad y la belleza estriba en que ese trayecto está por hacer, en muchos casos hasta por pensar y, sobre todo, por recorrer. Pero quiero creer que sabiendo cómo no quiero que sea, poco a poco, el horizonte se irá aclarando y me permitirá ver con mayor nitidez la senda que voy construyendo.
Imprimir

jueves, 7 de diciembre de 2017

DECLARACIÓN UNIVERSAL DE LOS DESECHOS HUMANOS


El próximo 10 de diciembre se conmemora un aniversario más de la aprobación por parte de la ONU de la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948. Esta declaración, al igual que tantos otros insignes documentos, muestra el nivel de mezquindad de aquellos que se llaman representantes del pueblo. Se aprobó tras el desastre humano de la II Guerra Mundial para mantener la confianza en el poder de la democracia. Quien tenga ganas puede echar un vistazo a la declaración original y juzgar por sí mismo…
 
 
Yo a la vista de lo sucedido durante todos estos años prefiero mostrar una versión actualizada y reducida, conocida como la Declaración Universal de los Desechos Humanos. Sinceramente, creo que se ajusta mucho más a la realidad.
 
Artículo 1
Toda persona será considera mercancía y será tratada como tal. Se les clasificará y se les pondrá precio en función de su origen, sexo, raza y utilidad al sistema.
 
Artículo 2
Todos los seres humanos son iguales y tienen el mismo derecho a ser explotados hasta la muerte en pos de un bien superior, es decir, el de los creadores de esta declaración.
 
Artículo 3
Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona siempre y cuando nos sea útil para el funcionamiento del engranaje social. En caso contrario su vida no vale nada y deberá morir.
 
Artículo 4
Toda persona es susceptible de ser esclavizada. Según dónde viva podrá optar entre dos opciones: esclavitud vieja escuela o dictadura del salario.
 
Artículo 5
Nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes. A excepción de todos los que sean considerados enemigos del sistema (reales o no) que conforman la inmensa mayoría de la población humana.
 
Artículo 6
Toda persona tendrá derecho a soñar con alcanzar la felicidad que le ofrece el consumo. Asimismo, tiene la obligación de sentirse culpable por no alcanzarla.
 
Artículo 7
En caso de persecución, toda persona tiene derecho a buscar asilo, y a disfrutar de él, en cualquier país. Toda persona que tenga varias cuentas bancarias con más de seis dígitos, el resto serán considerados inmigrantes de mierda y tratados como escoria.
 
Artículo 8
Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión. Siempre y cuando acepte el pensamiento único capitalista y la religión del dinero. También tiene derecho a opinar y expresar lo que los poderosos consideren oportuno.
 
Artículo 9
Toda persona tiene obligación de ganarse la vida con el sudor de su frente a excepción de los que posean la riqueza económica y la propiedad de los medios de producción.
 
Artículo 10
Toda persona tiene derecho a que se establezca un orden social e internacional en el que los derechos y libertades proclamados en esta Declaración se hagan plenamente efectivos.
 

domingo, 12 de noviembre de 2017

JUDICIALIZACIÓN DE LA VIDA: Nada nuevo bajo el sol


Parece ser que en los últimos tiempos vivimos un aumento de la judicialización de la vida, según se encargan de recordarnos diariamente los medios de comunicación de masas. Pareciera como si hasta la fecha esto no hubiera estado sucediendo y la mal llamada Justicia no hubiera estado persiguiendo y castigando a todo aquel que no encaja o no acepta la norma.

Incluso ahora mismo, se circunscribe este fenómeno exclusivamente a lo que sucede con los políticos profesionales cuando día a día se juzga y se condena a personas que, de una forma u otra, protestan o actúan denunciando un sistema que, precisamente, destaca por su falta de justicia. Pero a todos ellos no les afecta la judicialización de la vida, porque a ojos de la masa son delincuentes sin más. Así se encargan de hacerlo saber todos los que colaboran en la elaboración de discursos y verdades oficiales.

Manifestantes de diversa índole, gente que lucha por no ser desahuciada, artistas de toda clase, periodistas, sindicalistas, activistas de movimientos sociales y un largo etcétera. Todos sin excepción son delincuentes para un sistema judicial hecho a medida del poder. Todos han incumplido la norma, la ley. Eso es lo que importa, aquí la verdadera justicia no tiene cabida.


¿Para qué y a quién sirve el sistema de justicia?

Siguiendo las argumentaciones aparecidas durante un debate sobre justicia popular entre militantes maoístas y Michel Foucault iniciado en 1971 vemos que este sistema de justicia se asienta sobre tres patas fundamentales: policía-jueces-cárcel. A lo largo de la historia moderna de los Estados se han identificado tres grandes funciones de este sistema judicial. Según la coyuntura político-social ha predominado una u otra pero siempre han estado y estarán presentes las tres.

La primera de estas funciones sería el hecho de actuar como factor de proletarización. Es decir, obligar al pueblo a aceptar la premisa tan nefasta de que la única vía de conseguir su sustento es a través del salario. Por tanto, éste debe aceptar su condición de trabajador y las condiciones de explotación que esto supone.
Esta función tuvo mucha importancia durante la época de la revolución industrial y los éxodos humanos desde el campo hasta las urbes. Toda vez asimilada la condición de trabajadores (independientemente de si se tiene empleo o no, ya que es más una cuestión de instaurar una mentalidad que una condición física real). Esta función, sufre una derivada por la que se persigue a los que, asumiendo su nuevo rol, pretenden conseguir mejoras en sus condiciones de explotación. Así se consagra la persecución al sindicalismo más combativo y, de paso, se inicia y allana el camino hacia el actual sindicalismo pactista.
Una segunda función, derivada de la primera, es hacer ver y comprender a la mayoría trabajadora que los que no aceptan y se resignan a ese papel son delincuentes, gente peligrosa. En definitiva, el desecho de una sociedad prácticamente perfecta. Por lo tanto, es imprescindible que la gente “de bien” mantenga la distancia, desprecie y condene cualquier tipo de comportamiento que no se ajuste a la norma.
En ese sentido, el sistema de justicia sirve como refuerzo a todo un entramado periodístico, sociológico y político que se encarga, en primera instancia, de construir el relato oficial que debe ser aceptado por la población. En caso contrario, es cuando actúa el sistema de justicia.

Finalmente, existe una tercera función de vital importancia. Esto es debido a que se aplica fundamentalmente sobre aquellos elementos más politizados de la sociedad. A lo largo de los tiempos, se les ha etiquetado de agitadores, revolucionarios, terroristas... Y a través de una difusa maraña de leyes que no sancionan otra cosa más que la crítica al sistema dominante, se condena a prisión a los que osan alzar la voz contra el poder en alguna de sus múltiples expresiones.


Esta enumeración de las funciones del sistema de justicia capta bastante bien, en mi opinión, la esencia de dicho sistema, por lo menos, en lo que atañe al mantenimiento y perpetuación del orden social vigente. Con el paso del tiempo posiblemente se haya refinado, se haya revestido de una supuesta legitimidad que se arroga por el hecho de que la legislación emana del Parlamento, digno representante de la voluntad popular (así reza en los dogmas de los actuales sistemas democráticos).

Pura palabrería, simples disfraces que a duras penas logran ocultar, si no fuera por el excelente trabajo que realiza el periodismo oficial, la realidad. La norma y, por tanto, la justicia tal y como   nos la hacen entender está hecha por y para unos pocos privilegiados. Precisamente, para mantener sus privilegios. De hecho, esto significa que la justicia queda suplantada por la legalidad. No les queda otro remedio porque este sistema en el que vivimos no es capaz de soportar nada, su fragilidad inherente sólo puede verse subsanada a través de una fuerza de represión global. El sistema de justicia es un pilar fundamental de esta fuerza. Sostiene en gran medida las relaciones de poder, las impone.

La judicialización de la vida no es un fenómeno novedoso. Es un elemento intrínseco del desarrollo de las democracias modernas. Es un factor destinado a dar forma a la vida social y, cada vez más, la personal. De tal manera que cada uno sepamos cuál es nuestro papel y qué podemos esperar si no nos atenemos a él. También actúa creando un relato unificador con el consabido lema de “todos somos iguales ante la ley” creando una ficción que necesita mantener de vez en cuando con el enjuiciamiento de elementos que no forman parte del pueblo. Aunque cualquiera puede observar que no son más que pantomimas, incluidos los casos que acaban con algún paso fugaz por la prisión.

Es por esto, que un cuestionamiento radical de este sistema se hace imprescindible cuando hablamos de construir una nueva sociedad, un nuevo mundo. Hay que abordar la necesidad de recuperar la justicia por encima de la legalidad y de cómo esa justicia debe ser puesta en el centro del modelo que regule las relaciones sociales.

Imprimir


viernes, 29 de septiembre de 2017

DECIDIR



A estas alturas está todo dicho, o eso es lo que parece al menos. Todo el mundo parece tener clara una posición al respecto del llamado procés català. El abanico es amplio y las posibilidades múltiples.
Personalmente, soy totalmente favorable al derecho a decidir, otra cosa es la asimilación que el poder hace de eso con el hecho de llevar a cabo un referéndum. Eso, simplemente, me parece ridículo. Sin embargo, la cantidad de personas movilizadas es algo que no deja de asombrarme. No ya por el hecho en sí, pues nacionalismo y su simbología siempre ha sido un buen agitador de masas, sino por el hecho de que haya tanta gente dispuesta a desobedecer una legalidad que hasta hace bien poco seguían a pies juntillas. La lástima es que la mayoría de esas personas están dispuestas a desobedecer con la esperanza de tener un nuevo marco legal al que someterse de nuevo. Me exasperan especialmente las imágenes en las que se exaltan a políticos y mossos que han pasado de villanos a héroes como por arte de magia, o por arte de bandera. Aun así no pierdo la esperanza en aquellos que se movilizan con la intención de cambiarlo todo, aunque temo que un nuevo desencanto sepulte todavía más la semilla de una verdadera revolución.

He de reconocer que me gusta la situación. Se está agitando el árbol y eso siempre es bueno. El estado ha puesto en marcha su maquinaría de miedo y represión en funcionamiento y esto está consiguiendo que la gente se posicione en uno u otro sentido y empiecen a saltar las máscaras. Resulta, tras años de pavoneo democrático, que lo más antidemocrático es permitir que la gente vote. Desde luego tiene su gracia la cosa.
En este sentido, existe un pequeño lugar en mi mente en el que se proyecta el siguiente escenario: se realiza el referéndum o lo que se pueda; por supuesto gana el Sí pero la derecha nacionalista catalana en el poder se amilana ante la situación y no declara la independencia tal y como recoge su propia ley. Ahí, en ese instante, ante la segura represión que estará ejerciendo el Estado español y el fariseísmo del Govern català, se desata la potencia transformadora del pueblo buscando las vías para una verdadera independencia lejos de cualquier estructura de estado.
Posiblemente no sea más que una ensoñación, un deseo no reconocido. Pero si llega a suceder, ahí sí deberíamos estar todos, no sólo Cataluña.

Particularmente, me interesa más el proceso que el resultado. Soy más de abolir fronteras y estados que de crear uno nuevo o reforzar uno ya existente. Pase lo que pase mi trinchera será la misma, la de enfrente, la que está en contra del poder establecido sea cual sea su bandera.
El proceso y sus connotaciones es lo que hace reflexionar y plantearme algunas cuestiones y es de lo que quiero hablar:

Desde el preciso instante en que hablamos de decidir como un derecho ya podemos intuir que esa elección no va a ser muy libre. Pedir permiso para decidir algo nos sitúa en un plano de dependencia absoluta. Es cierto que a lo largo de la historia lo que llamamos derechos han sido conquistados (normalmente) a través de la presión y la lucha social. Sin embargo, no hay que olvidar que en última instancia es el poder el que lo otorga y cuando lo hace ya tiene perfectamente controladas todas las variantes que puedan suceder a raíz de esa concesión.

La mera existencia de personas capaces de negar el derecho a decidir a sus semejantes nos da la medida de hasta qué punto la noción de dominación está instalada dentro de cada uno de nosotros. Negar la potestad de decidir en nombre de un bien superior, ya sea la legalidad, la patria, el estilo de vida… es situarnos en el plano de la sumisión, de la negación de nuestra potencialidad como humanos.
En ese plano nos situamos la inmensa mayoría de la población. A diario, con nuestros actos, nuestros silencios, condenamos a millones de personas a no poder decidir nada ya que su única alternativa es tratar de mantenerse con vida un día más.

Ni siquiera nosotros, miembros complacidos que formamos parte de una sociedad con abundancia de inútiles pero reconfortantes comodidades materiales, tenemos la libertad de decidir. Sometidos a factores tales como las leyes y su desarrollo penal (siempre y en todos lados, realizadas por y para proteger a los poderosos y sus posesiones); el salario, única forma que permiten esas leyes para que cualquiera que no forme parte de ese poder pueda tratar de conseguir el sustento que le mantenga vivo. El miedo y su escudera la desinformación que desde bien pequeños nos inculcan desde todos los ámbitos posibles; y tantos otros factores, hacen que nuestras decisiones siempre estén condicionadas y nuestra independencia sea más ficticia que real.

Porque una cosa es el derecho a decidir y otra muy distinta la libertad de decidir. Y de libertad, tal y como hacemos funcionar el mundo y funcionamos nosotros mismos, tenemos más bien poca.

Pocas cosas más importantes pueden haber que poder decidir tu independencia. Qué más quisiéramos que meter una papeleta en una urna y decidir acabar con la usura bancaria, la dictadura salarial, el sometimiento legislativo, la posesión y el miedo a perderla y tantas otras cuestiones que nos convierten en esclavos de la peor clase. Aquellos que se muestran orgullosos de serlo y están dispuestos a todo por defender su condición.
 

Imprimir

miércoles, 19 de julio de 2017

EL FACTOR ESTADÍSTICO



Hace unos días, en una de esas conversaciones con amigos típicas del verano, que se sabe cuándo empiezan pero no cuándo terminan; un buen amigo recordaba una sentencia de su profesor de estadística el primer día de clase: “La estadística es el arte de engañar con números”.

Y los números están por todas partes. Vivimos en un mundo donde todo se reduce a cifras, incluso las personas. Desde que el dinero y la propiedad privada son los pilares fundamentales del orden social, las personas nos hemos convertido en números, en meros apuntes contables. Lo hemos aceptado e interiorizado y dejamos que nos traten y nos usen de esta forma.

Así, la estadística se ha convertido en la forma habitual de referenciar cualquier situación social y, por tanto, la mejor forma de mantener el espejismo de este mundo insostenible.

Día tras día, se esgrimen estadísticas para demostrar las bondades del modelo socioeconómico y político del que formamos parte. Vemos cómo el factor estadístico nos dice que estamos en un momento de euforia colectiva a nivel económico y, sin embargo, cada día están más llenos los comedores sociales, los desahucios se multiplican, las puertas traseras de los supermercados en las que muchos esperan el sustento que no pueden conseguir por otros medios, se convierten en escenarios improvisados de la tragedia cotidiana de miles de personas.

La estadística nos dice que el salario medio en España ronda los 22.000 euros anuales pero apenas conocemos a personas con esos ingresos y, sin embargo, conocemos a muchísimos con trabajos precarios por debajo del salario mínimo.

También nos cuentan las estadísticas las bondades del capitalismo. Una de ellas es el aumento de la esperanza de vida a nivel global situándola por encima de los 70 años. Sin embargo, se olvida de mencionar los 3 millones de niños menores de 5 años que mueren de hambre cada año, es decir, seis niños por minuto. Al parecer no todos los números valen lo mismo ni necesitan ser conocidos ni difundidos.

Así, también en la política, vemos cómo el factor estadístico se impone al comprobar la manera en que los partidos políticos se apropian de la representación del pueblo por amplias mayorías al recibir vía votación el respaldo de, en el mejor de los casos, el 15% o el 20% de la población total.

Todo son estadísticas, números que justifican acciones causantes de muertes que, sin embargo, reflejan un supuesto bienestar social. Pero no sólo sirven para estas justificaciones sino que la estadística tiene un uso todavía más perverso.

El factor estadístico determina lo normal y, por tanto, establece las bases para la norma. Esto significa que se utiliza para determinar qué principios se imponen o se adoptan para dirigir la conducta o la correcta realización de una acción. Así, la estadística, justifica nuevamente la imposición de criterios de control y selección social. Esto se puede ver en cualquier ámbito de la vida.

En el ámbito de la educación, el criterio estadístico sirve para etiquetar (con su consecuente estigmatización) a cualquier joven en función de unos criterios establecidos única y exclusivamente para hacer prevalecer una estratificación social y un sistema de organización social firmemente asentado sobre la base de cada cual ocupe el lugar que tiene asignado. De esta forma, la estadística predice, señala y confirma el destino de cada uno a través de la constante reducción a factores numéricos de la compleja vida de cualquier joven.

En el ámbito de la salud, el factor estadístico decide quién tiene derecho a recibir un tratamiento y quién queda desahuciado. Determina quién debe ser considerado como sujeto de riesgo en función de si cumple con los criterios establecidos para actuar en consecuencia. Especialmente, en lo tocante a la salud mental (extendido a todo ese universo de las llamadas ciencias psi) es donde se manifiesta en toda su plenitud el factor estadístico. Permite clasificar a todos los sujetos en categorías, muchas veces totalmente inventadas con el único propósito de patologizarnos; la desfachatez llega al punto en que para decidir si uno sufre alguna enfermedad de este tipo se basan en una simple cuestión de número: si se cumplen un porcentaje aleatorio de criterios estás o no enfermo.

También en lo social muchas veces se impone el criterio estadístico. De esta forma se decide quién puede recibir la limosna del Estado o quién debe acudir directamente a la caridad religiosa. Se decide quién está en riesgo o no, o quién es apto para la vida en sociedad y quién no.

Todo se reduce a una cuestión numérica porque en eso nos hemos convertido. Esos números nos definen, nos catalogan y nos ubican en el lugar que nos corresponde. A través de este tratamiento estadístico se obtiene la uniformidad social y la estratificación bien definida que todo Estado necesita para su buen funcionamiento democrático. Es decir, que las ovejas sigan obedeciendo al pastor y que las que no lo hagan sean tratadas como lo que son: descarriadas y, por tanto, abocadas al ostracismo y finalmente, al matadero.
 

Imprimir